domingo, 22 de agosto de 2010

MIS PERSONAJES FAVORITOS: JOHANN LUDWIG BURCKHARDT


Un lugar único en el mundo, no solo por su historia, sus templos, sus tumbas y su ubicación (en la actual Jordania), también Petra es única por su color. Paseando por ella podemos contemplar los tonos rojizos de las piedras talladas en el exterior, pero si nos asomamos al interior de sus mausoleos o tabernáculos podemos maravillarnos del por qué se la denomina “La Ciudad Roja”; el tiempo y el agua han ido filtrando sobre su piedra arenisca, las sales que la conforman, sacando a la luz unas tonalidades creando verdaderas escenas surrealistas, auténticas obras de arte formadas por la naturaleza, cuadros de un abstractismo digno de las mejores salas del MOMA neoyorquino o de la TATE londinense; a través de esos colores podemos construir en nuestra imaginación cualquier escena kandinskyana y elevar nuestros oníricos pensamientos hasta cualquier lugar del firmamento.

Petra es la historia del pueblo nabateo, tribu de pastores nómadas llegados desde el sur aproximadamente en el año 312 a.C., procedentes la península arábiga, posiblemente de lo que hoy denominamos Yemen. Aquí se asentaron creando su reino siendo Petra su capital, ubicada en un lugar estratégico en el que coincidían las rutas caraveneras que cruzaban desde el valle Hadramaut al sur de la Península Arábiga, hasta el mar Mediterráneo. Antes de ellos se tiene conocimiento de que la zona estuvo habitada por los edomitas e incluso tribus de la edad del hierro, como se ha podido acreditar en las excavaciones realizadas en Beida, justo en la Pequeña Petra.

Una ciudad esculpida más que construida, aprovechando sus rocas y hendiduras para crear la herencia que hasta nosotros ha llegado. Durante los tres siglos que duró su hegemonía, entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C., contaba con mas de 30000 habitantes y un teatro para 3500 espectadores. Sus límites fueron variables pero fundamentalmente comprendían desde el sur del Mar Muerto, al norte de la Península Arábiga y el desierto de Neguev con la meseta de Edom.

En Petra desarrollaron su cultura y su ingeniería en torno al agua, factor fundamental de su economía, decayendo su predomino cuando ésta empezó a escasear y las caravanas cambiaron Petra por Palmira como lugar de descanso y aprovisionamiento. Los romanos la anexionaron al imperio en año 64 a.C., pero supieron mantener una buena relación con los nabateos permitiéndoles mantener su autogobierno.

Un fuerte terremoto destruyó gran parte de la ciudad en el año 363. No obstante ésta continuó existiendo varios siglos más, llegando incluso a ser diócesis de un arzobispado bizantino. Durante esta época muchos edificios antiguos fueron reutilizados o derribados para construir otros nuevos, en particular varios edificios públicos e iglesias. En 551 otro terremoto arrasó la ciudad casi por completo. De esta catástrofe Petra ya no pudo recobrarse, ya que los cambios en las rutas caravaneras habían reducido el interés estratégico del enclave a favor de otras ciudades, el ochenta por ciento de aquella ciudad hoy aún permanece oculto bajo la arena, permaneciendo en el olvido hasta su descubrimiento.



Pero Petra es sobre todo la historia de Burckhardt, explorador, aventurero y espía. Johann Ludwig Burckhardt fue quien dio con una ciudad arrancada a la piedra que se creía perdida desde hacía siglos. Cuando Burckhardt atravesó el siq (cañón) que da entrada a la ciudad de Petra era el 22 de agosto de 1812. Para entonces llevaba más de tres años viviendo una vida ajena, mintiendo y temiendo ser descubierto, pues ello le costaría la vida. Había nacido en Lausana (Suiza) en 1784 y cursado estudios en las universidades de Leipzig y Gottinga. Visitó Inglaterra en el verano de 1806, con una carta de presentación del naturalista Johann Friedrich Blumenbach, ofreciéndose como explorador a Joseph Banks, una de las personalidades más respetadas de su época, a la sazón presidente de la prestigiosa Royal Society y miembro de la African Association, organización cuyo objetivo era mejorar el conocimiento de la geografía africana. Aceptaron su oferta para poner en marcha una expedición dirigida a descubrir la fuente del río Niger. Una vez aceptada, Burckhardt planeaba viajar a Oriente con el fin de estudiar el árabe, en la creencia de que su viaje por África se vería facilitado, si era aceptado como musulmán. Como preparación, Burckhardt estudió brevemente la lengua árabe en la Universidad de Cambridge, y se preparó de forma rigurosa para su carrera como explorador, para lo que se dedicó a vagar por el campo sin ninguna protección contra el sol, con la cabeza descubierta, durante una ola de calor, subsistiendo solo con verduras y agua, y durmiendo al raso.

En aquellos años la profesión de explorador no era cualquier cosa. El mundo de entonces era un lugar peligroso en cuanto se abandonaban los núcleos urbanos. Los extranjeros a menudo no eran bienvenidos, era necesario llevar consigo todo lo que uno pudiera necesitar y las enfermedades resultaban mortales con frecuencia. Consciente de los riesgos y dispuesto a minimizarlos, Burckhardt se sometió a un riguroso entrenamiento que incluía ejercicio físico y ayunos. En Londres y Cambridge estudió árabe y medicina, conocimientos que le serían útiles en su expedición. Su intención era unirse en El Cairo a alguna de las caravanas que salían con destino a Fezzan, en el sur de Libia y desde allí alcanzar la legendaria Tombuctú, destino de otros exploradores antes que él y que habían perdido la vida en el intento.

En marzo de 1809 partió para Oriente, con la intención de perfeccionar el árabe y familiarizarse con el mundo islámico antes de dirigirse a Egipto. Sabía que un cristiano occidental no conseguiría completar la hazaña que se proponía, así que se creó una nueva identidad en Malta. Sabía también que no podría engañar a los árabes haciéndose pasar por uno de ellos. Necesitaba una historia que resultara verosímil y creó a Ibrahim Ibn Abdallah, un comerciante indio de fe musulmana que volvía a su hogar tras haber pasado su juventud en Inglaterra. Ello justificaba su acento. Además, cuando alguien por curiosidad le pedía que se expresara en hindi, Burckhardt les hablaba en un dialecto suizo que nadie podía entender. Existen indicios de que su conversión al Islam pudo haber sido sincera.

La travesía hasta Siria se prolongó más de lo previsto por los frecuentes cambios de destino en los barcos. Los capitanes, una vez embarcado el pasaje y cobrado el dinero, revelaban en alta mar su ruta real. Burckhardt no perdió el tiempo y anotó todo lo que vio: vías de comunicación, medios de transporte, cultivos, fábricas, artículos de comercio, defensas, armamento... En varias ocasiones estuvo a punto de ser detenido por espía, pero siempre logró escapar de la muerte gracias a sus profundos conocimientos del Islam, que le permitieron superar los exámenes a que fue sometido.

Permaneció dos años y medio en la ciudad Siria de Aleppo para aprender las peculiaridades dialécticas del árabe. Desde esta ciudad efectuó viajes para conocer a los beduinos del desierto, con los que a veces convivía durante meses. En estas excursiones visitó Palmira e hizo un viaje por las ciudades de la Decápolis. Fue allí donde se enteró de la existencia de una ciudad abandonada que los árabes creían obra de los encantamientos malignos de un gran mago llamado Faraón. Sólo algunas tribus de beduinos utilizaban estacionalmente las tumbas como morada y ponían un especial empeño en desalentar las visitas imprevistas.

Burckhardt dedujo que aquella ciudad podría ser la que la Biblia menciona como Sela, "Petra" en latín. Según la Biblia, ése fue el lugar donde fue enterrado Aarón, el hermano de Moisés. El explorador supuso que si era capaz de encontrar esa tumba, encontraría Petra. Contrató un guía para que lo llevase hasta la sepultura de Aarón, también venerado por los musulmanes, a fin de ofrecerle un sacrificio. El explorador suizo descendió por la margen oriental del Jordán hasta el sur del mar Muerto. Siguió al guía hasta una pared de piedra aparentemente sólida que, conforme se acercaban, mostraba una reducida y profunda hendidura por la que se internaron. Tras atravesar ese desfiladero, Burckhardt se topó con la fachada rojiza de un elaborado edificio de 30 metros de altura cincelado delicadamente en la roca. Maravillado, caminó un poco más para encontrarse en la calle principal de lo que identificó correctamente como Petra, la capital perdida de la Arabia Pétrea, un lugar no hollado por los europeos desde el siglo XII.

Hubo de reprimir su emoción mientras contemplaba las elaboradas fachadas de las tumbas excavadas en la roca y los fascinantes restos de la legendaria ciudad. Si sus acompañantes hubieran sospechado que se trataba de un occidental, su vida habría corrido peligro así que, pretextando necesidades fisiológicas urgentes, se alejó de sus acompañantes beduinos y en cuclillas y cubierto por su manto, logró escribir las notas que luego le servirían para elaborar un informe a sus patrocinadores londinenses.

Burckhardt no logró llegar a la tumba de Aarón. Su guía, receloso de sus intenciones, se negó a continuar viaje. Pero su misión estaba cumplida. Había descubierto una ciudad antigua erigida en un anfiteatro natural y perdida durante un milenio.

La carrera de cualquier explorador hubiera quedado ya satisfecha con semejante descubrimiento. Pero Burckhardt aún tenía muchos kilómetros por recorrer. Después de visitar Petra llegó a El Cairo, desde donde realizó dos visitas a Nubia. En la segunda de ellas llegó a Suakin, en el mar Rojo, donde embarcó para Arabia. En agosto de 1814 llega a Yedda y escondido tras su identidad musulmana, participó en la peregrinación a La Meca sin despertar sospechas, anticipándose en varios años a Richard Burton en tan peligrosa hazaña (es necesario recordar que antes de Burckhardt el español Domingo Badía, más conocido como Alí Bey, espía al servicio de Godoy, había llegado hasta estas ciudades prohibidas a los infieles, hecho que Burckhardt reconocía a regañadientes).En la primavera de 1816, para huir de la epidemia de peste que azotaba a El Cairo, viajó al Sinaí. A su regreso supo que una caravana procedente de La Meca se disponía a ir a Fezzan y Tombuctú. Creyó que había llegado al fin el momento de terminar con éxito el viaje que había empezado en Malta ocho años antes, pero sus problemas de salud empeoraron y falleció en octubre de 1817. El explorador está enterrado en El Cairo y la lápida que cubre sus restos lleva el nombre árabe que escogió para su doble vida.

Burckhardt, descubridor también del los templos nubios de Abu Simbel en 1813, fue un verdadero explorador y aventurero, solo comparable en el tiempo con Marco Polo o nuestro compatriota Domingo Badía (Ali Bey), verdaderos precursores en los descubrimientos de nuevos lugares y culturas. La sensación al atravesar el siq y encontrarse con Petra debió de ser parecida a la de Hiram Bingham al ver por primera vez Machu Picchu, la de Henri Mouhot al descubrir los templos de Angkor, la de Livingstone al encontrase con las Cataratas Victoria o la de René Caillié al contar por primera vez su visita a la mítica Tombuctú.


P.S.: Petra figura, bien merecidamente, en la lista de ciudades Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde el año 1985, una joya que el tiempo irá quebrantando, pero que la historia y un explorador suízo han hecho sea uno de los enclaves mágicos de la antigüedad.

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